viernes, 19 de octubre de 2018

#YoEscriboTerror-Mariposa de plástico





Mariposa de Plástico





Llegué a su departamento lo más rápido que pude. Mis piernas temblaban y sentía que casi no podrían sostener mi propio cuerpo. Me había comunicado con su madre una vez había salido del hospital. No supo darme razón. Me dijo que su hija se había alejado totalmente después de su procedimiento quirúrgico. Se encerró en su lugar y no dejó entrar a nadie. Sin contacto con el mundo por cerca de seis meses.

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Ella jamás había sido feliz con su apariencia, lo sabía muy bien. Pero el día que decidió hacerse la primera cirugía, yo estaba sorprendida. Era algo de lo que no la creí capaz.

            ¾     ¿Estás cien por ciento segura?
            ¾     ¡Claro que sí! He esperado por esto toda mi vida. Dame una buena razón para no hacerlo.
           ¾     Eres alérgica a cerca de diez medicamentos y nunca has recibido anestesia general. Y mucho menos por tanto tiempo.
          ¾     Ya, así está bien. Te dije una razón, no tres. —Me miró con una mueca y desvío la mirada hacia la puerta cerrada de la habitación de hospital —. Necesito esto. Siento que si no lo hago no podré seguir viviendo. Para ti puede no tener sentido, pero para mí, es el último bote salvavidas. Sé que entiendes mi situación.
             ¾     Lo hago.

La abracé con todas mis fuerzas. ¿Qué otra cosa podía hacer? La entendía mejor que nadie. Cuando necesitas hacer algo para sobrevivir, tienes que hacerlo, y aunque un procedimiento quirúrgico estético no la libraría de las malas lenguas, la harían más segura de sí.
Al menos esa era mi esperanza.

La operación duró cerca de doce horas. Yo creí que serían mucho menos, pero parece que no se trataba de “una simple rinoplastia” ni “una sencilla cirugía de doble párpado”.
América tenía una obsesión con los asiáticos. Decía que eran hermosos en su perfección: narices finas, ojos grandes, cara redonda, el cabello liso y los labios carnosos. Más de una vez le dije que sus amados idols eran 100% producto de la mercadotecnia… pero nunca quiso escuchar.
La rehabilitación fue rápida. En menos de dos meses ya estábamos visitando nuestros lugares favoritos: el café de doña Imelda, la pastelería de Sara, el cine frente a la casa de América. Éramos otra vez, ella y yo. Mejores amigas. Siempre juntas.

Bueno, ella, yo y la docena de chicos que ahora se peleaban por invitarla a salir.

Todo iba de maravilla por primera vez. América se encontraba feliz, se tomaba muchas fotografías, salía con casi todos los chicos que la invitaban a salir, se hizo de muchos más amigos, se convirtió en alguien mucho más sociable, menos retraída y encerrada en ella misma. A nadie parecía importarle que se hubiera hecho una cirugía plástica. O al menos no lo mencionaban delante de su persona. Todo era miel sobre hojuelas.

El problema se presentó algunos meses después, cuando decidió que aún no era lo suficientemente bonita.


Ante la puerta, las manos se volvieron torpes. Tratar de buscar en mi bolsa la copia de emergencia fue una espera interminable. Me sudaban las manos, la frente, hasta los malditos codos. Temía, temía, pero no estaba segura de la razón. América me importaba demasiado y aun así la había abandonado. Tuve que vaciar el bolso completo sobre el piso y recoger de una a una cada cosa esparcida hasta finalmente dar con la solitaria llave. Ahora dependía de que ella no hubiera decido cambiar las chapas. Inserté la llave con tanta dificultad como si en lugar de dedos tuviera muñones al final de las manos. La llave giró.
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¾     ¡¿Qué harás qué cosa?! -grité exaltada.
¾     Ana, por Yisus, es sólo una cirugía.
¾     No, es otra cirugía. ¡Acabas de salir de una! No puedes simplemente someterte a otra.
¾     Puedo hacerlo. El doctor Rodríguez ya me ha valorado. Dice que todo está en orden.
¾    América, ya eres hermosa con lo que te has hecho. Mira a todos esos hombres que mueren por una oportunidad contigo.
¾     No es suficiente.

Se sometió a la cirugía y se agrandó los ojos, respingó nuevamente su nariz y se aplanó la frente. La recuperación duró más tiempo, pero no lo suficiente. Junto a la cirugía, inició un régimen de alimentación especial. Cuando terminó el tiempo de reposo inició una rutina de gimnasio tan estricta que me fue imposible seguir.

Un sudor frío me recorrió el cuerpo al dar dos pasos dentro de la penumbra del departamento. Lo conocía lo suficientemente bien como para andar en la oscuridad, así que me apresuré a correr en dirección a la habitación. En mi camino choqué con algo y ese algo cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Me quede un minuto inmóvil, incapaz de poder provocar siquiera un sonido. Incluso podría jurar que había dejado de respirar. Una tenue luz refulgió en la habitación que era mi destino; junto a ella, un tarareo que conocía demasiado bien. Era “Para Eliza” del gran Beethoven. Amábamos esa canción. La tarareábamos cuando nos sentíamos felices. Me animé a avanzar.

                   ¾     A…Ame… ¿estás ahí?
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Me distancié después de que anunciara que se haría una tercera intervención. Sobre todo, porque había perdido bastante peso y la masa muscular aún no se manifestaba en su cuerpo. Yo veía cómo se destruía y era doloroso no ser capaz de hacer nada para ayudarla.

                   ¾     ¿Esta vez no me dirás nada?
                   ¾     ¿Te haré cambiar de opinión?
                   ¾     Eso quiere decir que no me apoyas.
                   ¾     No América, no puedo apoyarte en esto. Te estás destruyendo.
                   ¾     No Ana. No lo entiendes. Esta es mi crisálida. De aquí emergerá una bella mariposa.                            Seré hermosa. Perfecta.
                   ¾     Lo eras antes de todo esto.
                   ¾     No sabes cuánto lamento que no lo entiendas.


Se hizo la cirugía para tener un rostro en forma de corazón.  Su mandíbula fue partida en tres partes, retiraron la de en medio y unieron las otras dos para formar el pico en V al final de la cara. No podría comer nada sólido por al menos seis meses.

Continuó con el ejercicio. Al menos eso es lo que me comentó su instructora hacía dos semanas. “Se ve… extraña. Hace dos meses dejó de venir y ayer se presentó algo… diferente. Tenía los pómulos hinchados y las cejas extrañamente levantadas. Le pregunté si se encontraba bien, pero se limitó a asentir”.

La madre de América fue a buscarme dos meses después. Me contó que su hija se había hecho nuevos “arreglos” en la cara, además de algunos procedimientos químicos en la piel para aclararla. Se le había metido en la cabeza la idea de lucir como un idol asiático en toda la extensión de la palabra. Su madre había intentado de todo para disuadirla, pero nada había resultado hasta el momento. Desgraciadamente América y yo habíamos perdido ya todo contacto y dudaba enormemente que fuera querer verme.

Aun así, lo intenté.


El tarareo continúo con delicadeza, como ella solía cantar siempre. Lo hacía precioso y diez veces mejor que yo. Me relajaba poder escucharla y solía ser capaz de dejar ir cualquier rastro de agobio restante. En esta ocasión y, por el contrario, el tarareo me produjo malestar en el estómago. Me acerqué con sigilo hacia la puerta de la habitación y empujé la puerta semi abierta para dejarme paso.

                ¾     ¿Ame? Soy Ana…

..............


Dejé un mensaje en su contestadora, le envié uno de texto a su teléfono y otros más en todas su redes sociales. No obtuve respuesta. Así por al menos tres meses.

El destino entonces decidió hacerme una jugada extraña. Quizá era el karma manifestándose en mi vida por haberme quedado de brazos cruzados ante las adversidades que enfrentaba mi mejor amiga. Por haberme dedicado a ser una espectadora más del montón.

Aquel día fui al hospital por la cita regular con el odontólogo. Los frenillos me estaban volviendo loca y había decidido dejar el tratamiento inconcluso. Total, ni siquiera era una mejora significativa. La cita fue bastante normal y cotidiana; el dentista me recomendó esperar los seis meses restantes. Llamó al dolor “un mal necesario”.
                 ¾    Por cierto, ¿cómo le va a tu amiga con el reposo? El doctor Rodríguez me comentó sobre su última intervención. Una decisión muy valiente y arriesgada, debo decir, aunque no sé si                  inteligente.
                 ¾    ¿Dis-disculpe…? —sabía exactamente de quién hablaba, pero necesitaba la confirmación.
                ¾   América Escobar. ¿Qué no es amiga suya? Recuerdo haberlas visto juntas en este hospital, en más de una ocasión.
                 ¾   Sí…sí. Es solo que… hace un tiempo que no sé de ella.
                 ¾   Entonces quizá deberías visitarla. El aumento de estatura no es un procedimiento sencillo, ni rápido, ni libre de dolor. Deberá estar en cama hasta su recuperación total, lo cual puede llevar años.



De la penumbra emergió una figura, iluminada apenas por el resplandor de una vela. No puedo negar que estaba asustada y que un escalofrío me recorrió la espalda al escuchar el timbre de su voz respondiendo.

                 ¾     Anita… —cantó con dulzura esa tan familiar y escalofriante voz — has venido a verme... soy tan feliz.

Una esquelética figura se acercó a mí. Parecía una momia, un muerto viviente, una mariposa enredada entre las sedas de su crisálida rompiéndose antes de tiempo. Era horrible. Tuve tanto temor que estiré la mano para encender la luz y la bombilla resplandeció con decisión en aquella habitación, iluminando todo. Mostrando cada parte del lugar donde la mariposa había construido su refugio.

                ¾ ¿Puedes decirme por qué tardaste tanto en venir? Te estuve esperando por meses. Incluso  cuando me enjaularon. Prometiste llegar a tiempo, pero nunca apareciste. ¿Es porque aún no salgo de la crisálida? Creí que me acompañarías en el proceso. Eso es lo que habías dicho.

Cuando la luz se hizo en aquella caja pude entender la razón de que, en un inicio, se mantuviera todo en las sombras. El cuerpo frente a mí era tan delgado que parecía quebrarse con cada fino movimiento. Parecía que un hilo en la parte de arriba era lo que la sostenía. Estaba tan delgada. El rostro en forma de corazón se veía marchito, cansado. Ciertas póstulas que asemejaban al herpes o a la lepra adornaban los redondos pómulos. La nariz era tan fina, que casi podría pasar desapercibida en medio de esos enormes ojos rojos y lagañosos, acentuados por unas cejas que expresaban sorpresa constante. La sonrisa que se dibujó en los hinchados labios seguía siendo perfecta, pero había cambiado de color. El espectro dio dos pasos en mi dirección y pude notar las jaulas en las piernas, prisioneras y llenas de barrotes, se movían despacio para no tocarse entre ellas. Podía sentir el peso de las rejillas como si fueran yunques en los míos. Lo cierto era, que el espectro lucía más alto, por al menos cinco centímetros.

               ¾     A… Am… Ame… América… ¿qqq-qué es lo que te has hecho?

La alegría que parecía destilar el espectro se apagó de repente. De pronto, las vueltas que había comenzado a dar justo después de terminar su diatriba se apagaron. Eran lentas y cuidadas, pero acabaron como si de un trueno y un relámpago se trataran. Me miró con ojos vacíos y luego se permearon de dos cosas contradictorias: duda y reclamo.

                ¾     ¿Qué… me he… hecho? ¿Yo? ¿Hablas de que yo me hice… esto?
                ¾     ¿Quién más podría haberlo hecho?
                ¾     Fuiste tú.

No podía creer lo que escuchaba. Ahora me estaba culpando de todo lo que le estaba sucediendo. ¿Cómo podría yo ser la responsable?

                ¾     Porque tú me obligaste a iniciar esto.

Ahora se estaba metiendo en mis pensamientos. No podía permitir eso. Debía salir y conseguir ayuda para mi amiga. Quizá hubiera algo que aún pudiéramos hacer por su…

               ¾     Cuerpo destrozado. Un cuerpo destrozado. Es eso lo que obtuve de ti. Al inicio creí que realmente pensabas en mi bien, pero cuando me di cuenta de que se trataba de un truco, era demasiado tarde. Ya estaba aquí, encerrada entre cuatro paredes y sin poder moverme por mi misma. ¿Acaso ya te olvidaste de cuando me sugeriste que quizá debería hacerme una cirugía plástica para no tener que vivir con esa “monstruosa cara” más tiempo? Todo esto inició por ti. Ahora veo que querías deshacerte de mí.

Mi cabeza dio vueltas. ¿Cómo podía estar diciendo esas cosas América cuando me opuse totalmente a que se hiciera más procedimientos? Intenté detenerla porque sabía que esto pasaría, pero no me escuchó. Mi único pecado fue alejarme cuando decidió continuar con su locura. Mi pecado fue no estar con ella, al menos como apoyo.

“Y funcionó. Dejarla sola después de las cirugías es lo que la hizo débil. Mírala, está peor que un fantasma. Es un muerto viviente. Nadie jamás se fijará en ella. Serás la más bonita. Sólo nos falta un paso para salir de la crisálida. Estaremos bien. Seremos hermosas y perfectas mientras esa ingenua se pudre en ese cuerpo decadente”.

Esa voz… la había escuchado antes. Solía acallarla con el tarareo de América. Cuando pasaba, ella me abrazaba y cantaba para mí. Luego ambas cantábamos juntas y me sentía feliz.

                 ¾     ¡¿De qué diablos estás hablando América?! ¡Yo traté de detenerte más de una vez!
                 ¾     ¿Hasta cuándo seguirás regando esa versión? ¿A caso ya te la has creído?

“Sólo niégalo. Todos te creerán. Lo único que hemos hecho es usar frenillos. En cambio, ella se ha destruido el rostro. Si te animas, podemos acabar con esto rápidamente. Te creerán cuando digas que fue un accidente”.

                 ¾    Primero me convenciste de que, con un pequeño arreglo, mi cara sería igual que la de un ángel. Que sería preciosa y podría conquistar al chico que quisiera. Que era un procedimiento de rutina y el amigo de tu primo lo haría a menor costo para mí. Me tomó un tiempo tomar la decisión de cambiar mi nariz y sugeriste que el doble párpado de mis idols me quedaría bien. Admito que tuviste razón. Mi nueva yo era más feliz. Pero entonces insististe…

“Oh, recuerdo eso. Épico. Diste tantas razones para convencerla. La hiciste sentir tan pequeña que tomó la salida simple: hacerte caso. Tu sabías lo que era la belleza. Ella por el contrario siempre había sido el patito feo. Si supiera que eso también era mentira. Hacerle creer que las demás personas le miraban por esa nariz ancha fue lo mejor. Sobre todo, porque a ella le quedaba bien. Pero te ha seguido siempre. Fue tan sencillo convencerla con el «me pondré los frenillos para hacerte compañía en el dolor». Repito, fue épico”.

La cabeza me seguía doliendo y las punzadas se intensificaban cuando aquella voz confirmaba las palabras de América. ¿Qué estaba pasando?

                  ¾     “Agrandar los ojos, perfilar la nariz y aplanar la frente no es nada”. Me convenciste de  que ya estaba en esto, que sería mucho más fácil hacerlo ahora que el amigo de tu primo estaba dispuesto. Dijiste que cuando terminaran todos los procedimientos, sería una nueva y mejorada versión de mí. También dijiste que estarías a mi lado todo el tiempo. Que incluso te harías algo a ti misma para que ambas pasáramos por lo mismo. Entonces te pusiste los estúpidos frenillos. No los necesitabas realmente, pero fue por eso mismo que accedí: estarías conmigo.
                  ¾     No es verdad… ¡Eso no puede ser verdad!
                 ¾     Cuando acabó la cirugía estuviste conmigo, pero sólo para mencionar los otros errores    de mi cuerpo: debía bajar de peso y hacer ejercicio para tonificar. Era chaparra y nadie quería a un minion como novia. Habías traído imágenes de las nuevas tendencias del kpop. ¡Esas pieles tan lindas! Cinturas delgadas, ojos enormes, delineados perfectos, pieles blancas, cejas pobladas, pómulos redondos, esas caras pequeñas, redondeadas, pero con esa forma en corazón tan linda. Recuerdo que suspiraste mientras aún estábamos en la habitación de hospital, “Ah, seguro que te quedaría precioso algo así. Aunque claro, sería después, ya que necesitas un poquito de reposo antes de eso”. Fui tan tonta que me puse a dieta tan pronto dejé el hospital. Te inscribiste al gimnasio conmigo cuando al fin pude ir, pero luego lo dejaste. Confié en que sería la carga de tu trabajo lo que no te permitía ir conmigo.

“¿Recuerdas que fue el tiempo cuando saliste con ese chico? Una relación corta, pero antes de ello él había salido con América. Nos dijo tanto sobre su apariencia. Ahora le parecía repulsiva, con tantas cosas que se hizo. Se veía rara en el gimnasio. ¿Recuerdas que lo mismo dijo la instructora? Ya había comenzada a destruirse sin ayuda. ¡Ja!, lo hiciste bien”.

Esa voz me estaba desquiciando… no podía apagarla y me lastimaba enormemente el que confirmara todas las atrocidades que América decía. Eso no era posible… ¡Esa no era yo! No podía ser… no podía ser así… no…

               ¾     Y entonces, cuando creí que no te vería pronto, apareciste en el hospital. Justo el día programado para la cirugía. Me puse realmente feliz cuando te vi llegar. En ese momento ya había comenzado a dudar sobre qué tan buena era la idea de operar mi rostro. Pensaba en que me iban a partir los huesos. Gritaste y argumentaste para que me hiciera la operación. Realmente me convenciste de que debería hacerlo. No puedo decir que me obligaste, pero de alguna manera quería complacerte. No habías tenido ni un solo ataque desde que inicié con la transformación y me hacía bien verte contenta. Yo creí que por mí.
              ¾     ¿A…ataque?
             ¾     “Ya falta poco para salir de tu crisálida, ¿no lo ves? ¡Todo está casi listo! Serás hermosa y  perfecta. Serás tú. Una bella y radiante mariposa”. Cometí el error de creerte. Me envolví en tus mentiras y luego simplemente desapareciste. Ni siquiera mi madre pudo dar contigo. Ella que me suplicaba que no hiciera más cosas a mi misma.

“Eso fue cosa fácil. Sólo tuvimos que decirle a esa tonta mujer que su hija estaría bien. Que en cuanto te desocuparas de tanto trabajo irías verla. Incluso te dio llave de su departamento y confió en ti cuando le dijiste que te quedarías al pendiente mientras ella se iba de viaje de negocios. Te creyó porque le informabas cada vez cómo evolucionaba su hija. Si supiera que jamás volviste a verla…”.

Tragué con fuerza. Recordé, por tan sólo una fracción de segundo, la silueta de la madre de América frente a mi departamento, pidiendo que estuviera con ella. El sonido de una llamada fugaz donde mi voz decía que América estaba mejorando. Y entonces recordé porqué había venido al departamento. Mi odontólogo me había sugerido venir. Lo había hecho porque necesitaba comprobar que América estaba bien.

“Necesitábamos saber si seguía con vida. Mi pronóstico era que estaría al borde de la muerte y que sólo tendríamos que informar que su cuerpo inerte fue encontrado sobre su cama. Pero parece que tiene más fuerza de voluntad. ¿Qué te parece si acabamos ya con esto? Te repito, haré que todo parezca un accidente.

                   ¾     América yo… no puedo creer lo que estás diciendo.
                   ¾     Quizá Anita no pueda creerlo, pero Amelie seguramente sí. Estás hablando con ella, ¿no? ¿o acaso es ella la que ahora tiene el control?
                   ¾     Así es niña. Anita tiene una pequeña siesta justo ahora.
                   ¾     ¿Entonces, ya vas a terminar conmigo?
                  ¾     Debiste seguir tarareando. Así Anita te hubiera creído. Eres el último paso para que al fin salga de la crisálida. Si desapareces, Ana también.
                   ¾     Ana te vencerá. No te tengo miedo.
                   ¾     Entonces, ¿por qué retrocedes? Ese pequeño cuchillo que tienes en la mano no te servirá de nada. Lo haré rápido, en honor a todo el cariño que Anita sentía por ti.


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1 comentario:

  1. Que, qué???!!! Se me erizó la piel completamente... Dios, no voy a volver a ver a los idols de la misma manera D:

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