viernes, 19 de octubre de 2018

#YoEscriboTerror-Con la mano en la boca


Con la mano en la boca


Con la mano en la boca, conteniendo el vómito, Marcos, el conserje, Pablo, el supervisor, Cecilia, la inspectora, observan la escena, apenas y pueden escuchar la voz cansada y balbuceante, que se apaga en un intento en vano de gritar “socorro”.  Son las seis de la mañana en la granja porcicola 136, Mildred yace en el piso del cuarto de limpieza, desvaneciéndose en una masa amorfa y contoneante de escamas y almizcle. Las serpientes han invadido su cuerpo, entrando por cualquier orificio, profanando su intimidad, llenando sus intestinos, anidando en sus tendones, enrollándose hasta quedar mimetizadas con sus huesos. Empujando, serpenteando por debajo de su piel, curiosas, coloridas, venenosas. Mildred, 23 años, casada, trabajadora del turno nocturno; Mildred, casa de víboras.

Pablo y Marcos, repuestos del impacto inicial, se apresuran a socorrerla, intentan retirar las serpientes que se asoman a través de la boca de Mildred, tomando una a una, la escena es ridícula, pues cada vez que la punta de la cola de una de las serpientes abandona la boca de Mildred, la pequeña cabeza de otra emerge; Pablo y Marcos parecen dos magos patéticos sacando pañuelos infinitos de un sombrero sin fondo, al caer en la cuenta de lo absurdo e inútil de este intento, los dos colegas se rinden.

“Agárrenla de pies y manos y sáquenla de ahí” grita Cecilia, extendiendo su temblorosa mano, incitando a sus compañeros a ejecutar la orden. Pablo y Marcos intentan tomar a Mildred por sus extremidades, el asco que produce el cosquilleo de las serpientes moviéndose por debajo de la piel de la desdichada mujer ocasiona que los colegas suelten las manos de su colega en más de una ocasión.
Mientras llevaban a Mildred a rastras, Pablo y Marcos intentaban no mirar, sin embargo, los espasmos y gruñidos que la mujer lanzaba, ocasionaba que sus colegas desviaran la mirada hacia ella, observando a la grotesca y desdichada imagen, los ojos de Mildred, desorbitados, ensangrentados, mirando desesperadamente a todas partes, de su boca asomaban unas doce pequeñas cabezas de serpientes multicolores, su figura deforme se contorsionaba a capricho de los reptiles que invadían su cuerpo. Mildred, pobre Mildred, ¿cómo pasó esto? ¿Cómo puede ser posible este siniestro espectáculo? Mildred, ¿qué hiciste? Cecilia caminaba apresurada, despejando el camino y no podía acallar todas estas preguntas en su cabeza.

Pobre Cecilia, intentando hallar lógica en esta absurda situación, pobre Marcos, intentando borrar de su mente las veces que miró de reojo las torneadas piernas de Mildred, ahora deformes, hinchadas, palpitantes… pobre Pablo, aterrado, callado, intentando desviar la mirada de todos, intentando no llamar la atención de Cecilia y Marcos, intentando evitar cualquier gesto que lo delate, cualquier signo que demuestre que él sabe, que él vio venir todo esto hace tres semanas, intentando convencerse que él no tuvo nada que ver con esto.

Intentando poner en blanco los recuerdos de esa madrugada en caso de cualquier interrogatorio, hace tres semanas, en la porqueriza 26, cuando se llevaba a cabo un apasionado encuentro entre Pablo y una hembra de descomunales carnes, su desenfreno carnal era apresurado y desesperado ya que esa sería la última noche que pasarían juntos antes de que ella fuera enviada a la  procesadora de carne.  Debido a la distracción del encuentro, Pablo no advirtió los livianos pasos de Mildred, ni su cercanía, Mildred, sigilosa, jadeante de lujuria, observando a los dos amantes con morbosa curiosidad. Fue el flash de la cámara lo que hizo que Pablo volteara estrepitosamente, abandonando a su amante y subiéndose los pantalones de un solo movimiento. Aterrado, contemplaba la burlona sonrisa de Mildred, quien sostenía el teléfono y le miraba pícaramente.

Tres días después, “Vamos don Pablo, que sea mañana” decía Mildred, mientras presurosa tiraba del hombro del acongojado supervisor. “no doña Mildred, ya le dije que el Jueves, Doña Lucy no estará disponible hasta ese día y contrabajo y me concedió veinte minutos” respondió Pablo, cabizbajo y avergonzado. “bueno don Pablo, agradezca que soy paciente, pero si el jueves me vuelve a dar largas, entonces le voy a mandar la foto a Don Antonio” “no sea así doñita” respondió presuroso “no le vaya a decir a nadie, de veras que el Jueves la llevo” “que así sea, jamoncito” y Mildred se alejó con una sonrisa maliciosa.

Mildred ya no puede reír, ahora, sus labios deformes, hinchados y morados, ensangrentados, con el labial embarrado en todo alrededor, dibujando una expresión bufonesca, Pablo observa, aterrado, la mira retorcerse en el piso de la oficina de Cecilia, incapaz de controlar sus miembros, Pablo siente lástima pero también cierto alivio, Mildred ya no le dirá a nadie, ya no se burlará de él ni de su peculiar apetito, ya no abrirá su asquerosa boca, ya no vociferará como lo hizo ese jueves en casa de Doña Lucy.

Sentada ahí, en esa banca de madera vieja y tejida con mimbre, bebiendo su té de jengibre, sonriendo y azotando la lengua con desvergonzada familiaridad, colmando la paciencia de doña Lucy con cada palabra, tentando su suerte. Todo habría estado bien sino hubiera tomado la fingida amabilidad de doña Lucy con tanta confianza, si se hubiera callado, sino hubiera delatado a Pablo, sino hubiera contado con tanta jocosidad los detalles de haber descubierto infraganti los extraños hábitos de Pablo “así que pablo se divierte en el trabajo” dijo Doña Lucy “¿Qué tiene eso de malo?” “hay Doña Lucy, de un hombre que haga eso, solo se puede esperar que termine encamándose con la puerca de su madre” y sonreía mientras llevaba a la boca su vaso de té de jengibre.

Pablo, arrinconado, escuchaba la conversación, recordando ese primer día en la milpa de su abuelo, “pablo, tienes que aprender a ser hombre, ya tienes diecisiete años y no has probado mujer, se entiende por que eres feo, pero al menos debes practicar para cuando llegue ese día, para que ninguna desgraciada se burle de ti y como no tengo dinero para llevarte con ninguna mujer de las que hay en el pueblo, pues desquítate con la puerca”.

La puerca, las puercas, todas las puercas que han conocido a Pablo, todas las que faltan, no… si Mildred continua hablando ninguna más, “maldita Mildred, maldita seas tú y tu enorme boca, maldita víbora…” Pablo recuerda muy bien esas palabras, pero nunca las dijo, ni siquiera se atrevía a reconocer que las había pensado. Sus manos sudaban frío, sus latidos acelerados, el estómago revuelto, ese molesto escalofrío intermitente en la nuca; ya no se debían a la profana escena delante de él, era al recordar esto que su corazón se congelaba. Recordaba que él nunca dijo nada de esto, él solo lo pensó, sólo fue un pensamiento y ahora se manifestaba delante de sus ojos, “Mildred, maldita Mildred y su enorme boca llena de veneno, maldito nido de víboras.”

“¡Pablo, reacciona! Reacciona carajo” las palabras de Marcos sacaron a Pablo de sus pensamientos, “¡agárrala antes de que se lastime más… agarra sus manos!” Mildred, movida por la desesperación se había rasgado la piel del abdomen, piernas y cara; los espasmos musculares la dotaban de fuerza extraordinaria, arrancando fácilmente grandes y gruesos trozos de piel, dejando heridas profundas, por las que se asomaban los enredados y viscosos cuerpos de cientos de serpientes. Mildred se estaba despellejando hasta los huesos y Pablo luchaba por detenerla. Llorando, temblando, rogando al cielo o a cualquiera que lo estuviera escuchando que esta locura parara. Pablo pedía misericordia, pero no para Mildred, sino para él mismo.

Cecilia no estaba, había salido a recibir a los paramédicos, por eso cuando Marcos escuchó los golpes en la puerta no dudo en levantarse de inmediato a abrir, soltó un grito afeminado y agudo y se alejó de un brinco de la puerta al ver el mar de víboras que ingresaron desesperadas a la oficina, casi trescientas serpientes unidas en masa, un rio creciente, colorido, verde, amarilla, roja, azul… todas avanzando en manada, dirigiéndose hacia la pobre Mildred, entrando bruscamente por cada una de sus heridas nuevas, avanzando y empujando dentro de su deformado cuerpo.

Marcos, repuesto del miedo, se abalanza desesperadamente sobre las víboras golpeándolas aplastándolas con los pies, con las sillas de la oficina, pero los animales no cedían, sucumbían bajo los pies de Marcos, sus pequeñas cabezas reventaban, pero al instante se restauraban y continuaban con su infernal avance; empujando, avanzando, incesantes, desbordantes, rasgando tendones y piel, rompiendo huesos, órganos, tensando y desgarrando la piel de la infortunada mujer, Pablo no reaccionaba, observaba a Mildred hincharse cada vez más y más, deformándose al punto de parecer un globo lleno de agua, Marcos, gritando, se tapa los ojos, suplica y suplica, Pablo contempla ese costal humano lleno de serpientes, que se estira cada vez más y más… hasta que un ruido húmedo pone fin al espectáculo.

Marcos observaba desconsolado la escena, sentado, jadeante, con la garganta adolorida de tanto gritar, susurra “déjala Pablo… déjala ya… sólo la estás esparciendo más” Pablo, insistía en sostener las manos de Mildred, pero eran solo pellejo envolviendo una masa serpenteante, llorando, tragándose los mocos y la saliva, Pablo insistía, Mildred solo gruñía, pero era un gruñido ocasionado por el aire en sus pulmones empujado a través de su garganta por el movimiento de decenas de viboritas que se alejaban satisfechas… La vida en Mildred se había apagado, su cuerpo había reventado. Sus órganos regados en pedazos, su rostro estirado, asentado sobre su cráneo, reflejaba una expresión bufonesca y terrible, las cuencas de sus ojos vacías.

Pablo soltó las tiras de piel que sostenía, se llevó las manos a los ojos, se limpió las lágrimas y luego los mocos, no se daba cuenta que con esto se manchaba el rostro de sangre. Miró a Marcos, este se encontraba exhausto, despeinado, mirando hacia la nada. Tomó una de las sillas que estaban tiradas en el piso de la oficina y se sentó a esperar a Cecilia y a los paramédicos. “Mildred está muerta por mi culpa” pensaba cabizbajo “¿Valió la pena Mildred? ¿Viste tu petición concedida? ¿Acaso viste a ese pobre infeliz caerse a pedazos? Claro que sí, Doña Lucy nunca falla, ella siempre cumple, sin importar quien, sin importar como, doña Lucy no dejaba ningún encargo sin atender, ella siempre sabe usar la manera más efectiva”.

Mirando la grotesca escena un escalofrío se apoderó de la columna de Pablo, en ese momento recobró la conciencia de lo que había venido pensando, toda la agitación lo había distraído de lo que verdaderamente importaba.  “si tan sólo… si tan sólo no hubiera pensado…” Sus lágrimas cayeron, un terror descomunal le invadió el cuerpo, él jamás habló, casi nunca lo hacía, pasaba sus días en su casa y en el trabajo prácticamente sin pronunciar palabra alguna, aun así, desde pequeño,  esto parecía no ser necesario, recibiendo coscorrones por groserías no dichas, siendo atendido de malestares jamás pronunciados, ella siempre supo, ella siempre sabía, él no necesitaba hablar, Doña Lucy debía de ser la mejor madre del mundo, siempre sabía lo que su pequeño pensaba, los dolores de barriga, su dificultad para aprender a leer, sus conflictos de autoestima, su necesidad por probar mujer, su consuelo con las puercas… su deseo de ver a Mildred pagar por la humillación. Doña Lucy, la bruja del pueblo. La madre de pablo. Ella siempre sabía lo que su pequeño quería, “gracias doña Lucy…” pensó Pablo, mientras una sonrisa distorsionada le adornaba el rostro  “gracias por cuidarme, gracias por procurarme lo mejor, gracias… Doña Lucy, te amo”.



Francisco Ivan Canul Chan.

1 comentario:

  1. ¡Qué fuerte!... Hay que tender cuidado con lo que uno desea, creo que la mente es un arma que puede resultar legal si sabe cómo usarse...

    ResponderEliminar